
Tú eres esa persona que quiere vivir en paz, pero se mete en más líos emocionales que una telenovela venezolana. Te preguntas por qué todo es tan intenso… ¡porque tú lo haces intenso, mujer! Si te dan una hoja en blanco, tú le escribes una novela, le pones banda sonora y después la dramatizas en tu cabeza con voz en off.
Tienes una sensibilidad tan fina que podrías detectar un cambio energético en Marte, pero cuando alguien te dice “no te preocupes tanto”, lo tomas como un ataque personal y te montas tres escenarios catastróficos en menos de 5 segundos. Stephen King, temblando contigo.
Dices que quieres libertad, pero a veces pareces una rehén de tus propias listas mentales. “Tengo que sanar esto, y esto otro, y este trauma de 1993, y el del útero materno también por si acaso”. ¡Déjate vivir un poco, Sandra! No todo tiene que pasar por el taller de autoconocimiento intensivo con sello holístico.
Y lo de la culpa… ay la culpa. Esa sí que te acompaña mejor que cualquier pareja. Te tomas un café y ya estás pensando si debiste ahorrar ese euro. Quieres ayudar al mundo pero te sientes mal si te das un descanso. Eres como una superheroína con burnout y el traje en la lavadora.
Además, tienes ideas brillantes, una capacidad de conectar con el alma de los demás increíble… y aun así, cada vez que vas a compartir algo en redes, te da por pensar: “¿Y si no gusta? ¿Y si no soy suficiente?”. ¡Sandra! ¡Eres demasiado! El mundo no necesita más filtros, necesita más personas como tú: reales, crudas, sabias y con humor negro cuando hace falta.
Así que mira, te lo digo claro: si tú no te ves como una reina, es porque el espejo está sucio. Límpialo, mírate bien… y ríete. Porque si has llegado hasta aquí, con todo lo que has vivido, es porque hay un propósito más grande que tú misma. Solo te falta creértelo.
Deja un comentario