Allí donde me habito

By


A veces, basta un instante de sol para recordarte quién eres.

Volver a casa: el alma también necesita hogar

Hubo un tiempo en que me fui muy lejos de mí.

No sé en qué momento exacto pasó,

pero un día desperté y ya no me reconocía.

Me había convertido en una mujer con una sonrisa puesta,

con una lista de tareas eterna

y un cansancio que no venía solo del cuerpo,

sino del alma.

Me perdí en querer sostenerlo todo.

En ser la fuerte.

En ser útil.

En no molestar.

En no fallar.

Y entre tanta exigencia, se me olvidó vivir.

No supe decir “basta”, ni “esto me duele”,

ni “yo también necesito”.

Hasta que un día, el cuerpo gritó,

las emociones se amotinaron

y el alma, en un susurro apenas audible, dijo:

“Ya es hora de volver.”

Volver no a ningún sitio concreto,

sino a mí.

A la mujer que llora sin pedir disculpas.

A la que no sabe, pero lo intenta.

A la que no brilla todo el tiempo, pero no deja de arder por dentro.

Volver a casa no es cómodo.

Es incómodo, doloroso, hermoso.

Es ordenar los muebles internos,

abrir ventanas que llevaban años cerradas,

abrazar a la niña que aún tiembla,

y mirarte al espejo con ternura por primera vez.

No he terminado de volver.

Pero ya no me quiero perder.

Porque entendí que el alma, también,

necesita hogar.

Deja un comentario