Háblanos de las vacaciones que más te han marcado.
Las vacaciones que más me han marcado no fueron aquellas en las que busqué un destino; fueron aquellas en las que el destino me encontró a mí. Días en los que la vida, en su infinita sabiduría, me invitó a recordar lo esencial: que somos parte del mar, del viento, de la luz que nos envuelve.
Recuerdo un verano en el que no había más plan que el de estar. Cada amanecer frente al mar era un rezo silencioso. Cada paso descalza en la arena, un acto de gratitud. Sentí que la Tierra me sostenía y el cielo me abrazaba. Y en ese abrazo invisible, comprendí que el verdadero viaje es el regreso al alma.
No importaron las coordenadas, ni el mapa. Importó la escucha: el canto del mar, el susurro del viento, el silencio profundo que por fin pude habitar. Vacaciones que fueron un retiro sagrado, un reencuentro con Dios en cada latido, en cada puesta de sol que me recordaba: estás viva, estás guiada, estás donde debes estar.
Y desde entonces sé que el lugar más bello al que puedo viajar es ese en el que mi alma descansa en la certeza de que todo es perfecto, de que todo es Uno.
El verdadero viaje comienza cuando cierro los ojos y me encuentro.

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