Al pensar en el futuro, ¿qué es lo que más te entusiasma?
Pensar en el futuro ya no me da vértigo.
Durante mucho tiempo, el porvenir fue una mezcla de miedo y expectativa, de ansiedad e ilusiones desinfladas. Pero ahora… algo ha cambiado.
Hoy, cuando cierro los ojos y pienso en lo que viene, me visita una sensación distinta: entusiasmo suave, sin euforia vacía, con los pies en la tierra y el alma en alto.
Me entusiasma la idea de vivirme entera, sin concesiones ni fragmentos postergados.
Me entusiasma imaginarme fuerte, tranquila, luminosa.
Me entusiasma pensar que mis hijos verán en mí a una mujer que se eligió, que se reconstruyó sin rencor, que aprendió a cuidarse para poder cuidar desde otro lugar.
Me entusiasma tener un trabajo con sentido, donde mi palabra sirva, donde mis heridas hayan sido puente, no lastre.
Me entusiasma viajar, oír otras lenguas, mirar otros cielos y sentir que el mundo es todavía un lugar lleno de belleza.
Y sobre todo, me entusiasma lo más invisible: sentir que el alma se expande, que Dios me sigue guiando, que cada paso que doy en conciencia es parte de algo mayor.
Agradezco a Dios cada día por estar viva, por poder ver, escuchar, sentir, abrazar, por poder volver a empezar.
No tengo certezas sobre el futuro, pero sí tengo una certeza sobre mí misma: esta vez, no me suelto la mano.

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