Renací un día cualquiera, sin aplausos ni testigos, sin saber que eso también era renacer.
Fue después de llorar en silencio frente al fregadero.
Después de guardar una taza rota y de cerrar una puerta sin esperar que la abrieran más.
Renací ahí, cuando no quedaba fuerza, pero sí una chispa terca que aún me decía: sigue.
A veces, los nacimientos más profundos no se celebran.
Solo se sienten.


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