Siempre me he fijado en el pelo de otras mujeres.
En esas melenas gruesas, largas, que parecen flotar al caminar.
Yo soñaba con una así.
Pero el mío era fino, frágil, de esos que se enredan solo con pensar.
Y sin embargo… me lo arrancaba.
Un pelo cualquiera. No siempre el mismo.
Lo hacía en silencio, sin saber por qué.
A veces mientras pensaba.
Otras mientras lloraba sin lágrimas.
No era castigo.
Tampoco era rebeldía.
Era una especie de desconexión.
Un gesto secreto. Un autoabandono suave.
Maltrataba justo lo que más anhelaba cuidar.
Como si no supiera recibir lo que deseaba.
Como si me estuviera prohibido tener algo hermoso.
Tardé años en entenderlo.
En verme.
En soltar el juicio y mirarme con ternura.
Hoy aún me pasa, muy de vez en cuando.
Pero cuando me descubro repitiéndolo,
ya no me culpo.
Me acaricio justo ahí.
Y me susurro:
“No pasa nada. Estoy aprendiendo a cuidarme.”
Porque a veces el cuerpo grita donde el alma calla.
Y yo… por fin, he empezado a escucharme.

Durante años maltraté lo que más deseaba.
Hoy… estoy aprendiendo a sostenerlo.
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