¿Buscas seguridad o aventura?
Durante años confundí seguridad con amor.
Confié en esa jaula adornada de flores, suave al tacto, familiar, conocida…
No tenía barrotes de metal frío, sino promesas, costumbres, una voz que me decía: “mejor así, al menos aquí estás a salvo”.
Y yo me quedé.
A veces cantaba. A veces lloraba. A veces ni sabía que estaba encerrada.
Pero algo dentro de mí —suave, terco, verdadero— no dejaba de soñar con el viento.
Y un día vi la jaula de frente: era hermosa… pero seguía siendo jaula.
Hoy elijo el vértigo de lo verdadero. Prefiero el vértigo, el temblor de abrir la puerta, la incertidumbre de no saber qué hay fuera, a seguir fingiendo que soy libre.
Porque ya estuve demasiado tiempo encerrada en jaulas que yo misma ayudé a cerrar.
Jaulas de “deberías”, de miedo a no gustar, de culpas heredadas, de amor que dolía.
Hoy ya no me bastan las flores si no puedo volar.
Hoy elijo volar aunque no sepa bien hacia dónde.
Elijo la verdad aunque incomode, el silencio aunque no sea comprendido, mi ritmo aunque no encaje.
Hoy no quiero más barrotes disfrazados de certezas.
Hoy elijo aire. Aunque no sepa volar del todo, aunque me caiga.
Porque al menos, esta vez, soy yo quien abre la puerta.
Quiero abrir las alas aunque me tiemblen los huesos, confiar en que afuera también hay hogar, que hay un aire que me espera libre y lleno de mí.
Hoy elijo mi libertad, aunque me duela soltar.
Y agradezco a Dios por darme el coraje de abrir la puerta.

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