Una vez rompí una carta antes de terminarla.
Iba dirigida a mí.
Era una lista de todo lo que debía ser para que me quisieran:
callada, constante, femenina, impecable.
No mostrar dudas. No molestar. No fallar.
Parecer dulce, pero sin exigir ternura.
Escribí esas palabras con rabia, pero también con vergüenza.
Porque en el fondo, durante mucho tiempo, creí que esa mujer que describía era mejor que yo.
La esperé. Me forcé. Me castigué por no ser ella.
Pero no llegó.
Y un día, cansada de esperarla, me abracé como estaba:
con todo lo que me sobra y todo lo que aún no sé.
Descubrí que la mujer que esperé ser
no era más libre ni más sabia.
Solo más aceptable.
La que soy, en cambio, no siempre gusta.
Pero al fin… me reconoce.
A veces no nos falta tanto para ser.
Solo dejar de fingir que no éramos ya.

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