Cuéntanos la última cosa con la que te hayas emocionado.
Hace unos días me emocioné con algo tan sencillo como ver a mis perros y mis gatos dormir juntos, en paz, como si el mundo nunca hubiera conocido fronteras ni diferencias. Esa imagen me llenó de ternura y me recordó que la armonía es posible, que no hace falta más que un poco de confianza y cariño para compartir el mismo espacio.
También me emocionan los pequeños gestos de mis hijos, cuando me sorprenden con una mirada o una palabra que no esperaba. Son esos instantes cotidianos, los más simples, los que me hacen sentir la vida más profundamente.
Al final, no son las grandes cosas las que me conmueven, sino los detalles que me recuerdan lo esencial: el amor, la calma y la compañía verdadera.

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