Lágrimas que saben a alegría

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¿Qué te hace llorar de felicidad?

Llorar de felicidad es un regalo. No me pasa todos los días, pero cuando llega es como si la vida me dijera: “mira, aquí tienes la prueba de que vale la pena”.

Lloro de felicidad cuando mis hijos me sorprenden con algo suyo, tan puro, que me desarma: un abrazo fuerte, un “te quiero” inesperado, una carcajada que llena la casa de luz.

Lloro de felicidad cuando escucho un violín 🎻 y la música me atraviesa entera, como si me sacara de este mundo y me llevara a otro donde solo existe la belleza.

Lloro de felicidad cuando veo un amanecer precioso 🌅, de esos que pintan el cielo con colores imposibles y me recuerdan que cada día es una oportunidad nueva.

Recuerdo también una de las veces que más he llorado de felicidad: cuando me reencontré con mis compañeros de curso, con quienes había compartido tanta intimidad durante tantos meses. Estar de pronto con ellos, sentirlos cerca, poder abrazarlos… me parecía mentira, y lloré un montón. Fue un desborde de alegría que todavía llevo en el corazón.

Y, sin duda, lloré de felicidad el día que tuve por primera vez a mis hijos en mis brazos. No hay nada comparable a esa mezcla de amor, ternura y milagro que se concentra en un instante y que cambia la vida para siempre. 💛

Y sí, también me ha pasado en momentos simpáticos: como aquella vez que estaba tan contenta que terminé riéndome y llorando a la vez, con los ojos rojos y el rímel corrido… parecía más bien un mapache feliz 🙈😂.

Son lágrimas dulces, que no duelen. Son el desborde del alma cuando no le cabe más alegría dentro. Y cada vez que me pasa, recuerdo que estoy viva, agradecida y, sobre todo, capaz de dejarme tocar por lo bonito de la vida.

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