Dicen que la risa alarga la vida, pero yo creo que, más que alargarla, la ensancha. Una buena carcajada te abre el pecho, te suelta los miedos y te reconcilia con el mundo.
Me encanta cuando me río tanto que termino con lágrimas en los ojos, cuando la tripa me duele y me digo: “ya, basta”, pero no puedo parar. Esos momentos me parecen medicina pura.
Me gusta la risa compartida con mis hijos, esas tonterías que solo nosotros entendemos y que se convierten en recuerdos secretos. Me gusta la risa inesperada, la que aparece en medio de un día gris y lo cambia todo. Y me gusta también la risa que se esconde detrás de una mirada cómplice, esa que no necesita sonido porque con los ojos ya lo hemos dicho todo.
La última vez que me reí así, hasta quedarme sin aire, fue en Barcelona, con mis compañeras y amigas. No recuerdo ni la frase exacta, solo sé que fue una tontería, algo absurdo… pero ninguna de nosotras podía parar. Y cuanto más intentábamos ponernos serias, más nos reíamos. Ese tipo de risa es magia: no importa el motivo, importa la complicidad y la libertad de compartirla.
La risa me recuerda que la vida, pese a todo, también es juego. Que no hay que tomárselo todo tan en serio. Y que, a veces, lo mejor que podemos hacer es soltar una carcajada y dejar que el corazón se sacuda un poco.
Al final, la risa es un lenguaje universal, un puente, un abrazo sin brazos. Y yo quiero seguir coleccionando muchas, muchísimas más.

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