A veces creemos que perdonar es un regalo que damos a los demás.
Un gesto de bondad hacia quien nos hirió.
Pero lo más difícil —y lo más necesario— es perdonarnos a nosotros mismos.
Perdonarnos por haber confiado donde no había cuidado.
Por habernos callado lo que dolía.
Por no habernos defendido cuando la herida estaba abierta.
No es debilidad.
Es humanidad.
Porque nadie nos enseñó a ser perfectos.
Solo a intentarlo una y otra vez.
Perdonarse es un acto de amor propio.
Es soltar la carga que llevamos dentro y decirnos: hice lo que pude con lo que tenía.
Y desde ahí, empezar de nuevo.
Más ligeros.
Más libres.

Deja un comentario