¿Qué aspectos de tu patrimonio cultural te enorgullecen o te interesan más?
Hay cosas que llevo dentro sin darme cuenta. Una manera de hablar, un gesto aprendido en la mesa, la música que me eriza la piel aunque no la haya escuchado en años. El patrimonio cultural no siempre está en los grandes museos ni en las estatuas solemnes: a veces habita en lo más sencillo, en lo cotidiano que nos sostiene.
Me enorgullece ese legado invisible que se cuela en los detalles de cada día. El olor de un guiso que me recuerda a mi abuela, las palabras heredadas que aún resuenan, la costumbre de sentarse a conversar después de comer, como si el tiempo se detuviera. Es ahí donde siento que la cultura no es algo externo, sino una raíz que me sostiene y me acompaña.
Y al mismo tiempo, me apasiona abrirme a otros patrimonios. Escuchar a quien llega de lejos y me enseña canciones, bailes o rituales que nunca conocí. Descubrir que lo mío se enriquece cuando se mezcla con lo de otros, que la verdadera cultura es un puente que une orillas distintas y nos recuerda que, en el fondo, todos buscamos lo mismo: pertenecer, compartir, dejar huella.
El patrimonio cultural es, para mí, memoria y encuentro. Memoria de lo que fue y encuentro con lo que sigue vivo, latiendo en cada gesto de amor, en cada palabra que no queremos perder, en cada tradición que se transforma y nos transforma.

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