Cada ilusión rota es una cadena menos

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Dicen que la desilusión no es el final, sino el principio de la verdad.

Y lo entiendo.

Porque he sentido en carne viva ese instante en que algo o alguien deja de ser lo que creías. Cuando una relación se desmorona, cuando un sueño no sale como imaginabas, cuando la vida decide no seguir el guion que tú habías escrito.

Duele. Y duele mucho.

Duele porque construimos castillos sobre ilusiones, porque confiamos, porque nos esforzamos pensando que si lo hacíamos todo bien, todo saldría bien.

Y de pronto, la realidad llega —sin avisar— y tira de ese hilo que deshace el tejido perfecto que habías creado.

La desilusión no es una enemiga.

Es una maestra.

Llega para mostrarte lo que ya no encaja, lo que era una proyección, lo que no era real.

Te sacude, te deja sin suelo, te hace llorar… pero también te libera.

Cada ilusión que se rompe es una cadena menos.

Cada verdad que aceptas, por dura que sea, te devuelve a ti.

Porque cuando sueltas la ilusión, dejas espacio para lo auténtico.

Ya no necesitas fingir, ni aparentar, ni sostener lo que se tambalea.

La vida deja de ser un escenario y se convierte en un camino real.

Imperfecto, sí, pero tuyo.

He aprendido que la desilusión es, en realidad, una forma de renacer.

Porque cuando todo se cae, lo que queda es lo verdadero.

Y ahí, con los pies en la tierra y el corazón despierto, puedes empezar de nuevo.

Sin máscaras.

Sin mentiras.

Sin miedo.

Cuando la ilusión muere, lo que nace es la libertad.

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