Cuando piensas en la palabra «éxito», cuál es la primera persona que se te viene a la mente y por qué.
Cuando pienso en la palabra éxito, no pienso en el brillo ni en los aplausos.
Pienso en la resistencia silenciosa de quienes han tenido que seguir aunque la vida les haya roto algo por dentro.
En quienes han amado aunque les doliera, en quienes han perdido y aun así encuentran motivos para seguir levantándose.
Pienso en mi abuela —en su fuerza sin alardes, en su ternura cansada, en cómo siguió adelante después de perder a una hija y al amor de su vida.
No fue una mujer “exitosa” como lo entiende el mundo, pero fue alguien que supo amar, sostener y seguir caminando sin perder su humanidad.
Ella no tuvo un “final feliz” de película, pero tuvo algo más grande: dignidad.
Esa clase de éxito que no se mide en resultados, sino en humanidad.
Y eso, para mí, tiene más valor que cualquier triunfo medido en cifras.
Y pienso en personajes como Nelson Mandela, que pasó media vida en prisión sin dejar que el rencor lo devorara.
O en Víctor Frankl, que perdió a su familia en un campo de concentración y, aun así, eligió buscar sentido en el sufrimiento.
O incluso en personajes de ficción como Atticus Finch, de Matar a un ruiseñor, que defendía lo justo aunque supiera que iba a perder.
Todos ellos me recuerdan que el verdadero éxito no es ganar, sino no traicionarte a ti misma.
También pienso en esas personas anónimas que no salen en libros ni en películas:
la madre que vuelve a empezar con dos hijos y una mochila llena de miedo, el hombre que se atreve a pedir ayuda después de años escondido tras su coraza, la mujer que, un día, decide dejar de callarse.
El éxito, para mí, no es acumular, sino liberar.
No es conquistar, sino comprender.
Es llegar a ese punto donde no necesitas aparentar nada y puedes decir, sin temblar:
“Ya no soy la misma, y que bien”.

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