No me cambié.
Me encontré.
No fue un giro radical, ni un día exacto.
Fue un proceso sutil, profundo, a veces invisible, que me llevó a reconciliarme con lo que veía en el espejo.
A dejar de evitar mi reflejo.
A mirarme… y sostenerme la mirada.
Y no fue por fuera, aunque algo por fuera sí se ordenó.
Fue por dentro.
Fue en la forma de habitarme.
En la manera de tocarme sin juicio.
En el respeto que fui recuperando por cada parte de mí.
Después de tanto sostener, tanto ceder, tanto sobrevivir… me di permiso para armonizar.
Para estar en paz con lo visible, sin que eso anulara mi profundidad.
Para dejar de esconderme detrás de frases como
“lo importante es lo de dentro” —porque sí, pero también lo de fuera merece amor.
Hoy me miro y no me sobra nada.
No porque sea perfecta.
Sino porque por fin soy yo.

Deja un comentario