Las libélulas

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Hoy se posaron dos libélulas frente a mí, en el borde del balcón.

El aire estaba quieto, casi en pausa, como si también quisiera mirar.

No era un día especial, o quizá sí: uno de esos en los que el alma respira más tranquila después de mucho ruido.

Me quedé observándolas.

Siempre me han fascinado las libélulas. Desde niña.

Hay algo en ellas que me hipnotiza: su forma de moverse entre el agua y el aire, como si conocieran los dos mundos y no tuvieran que elegir.

Y, además, la palabra —libélula— me parece una de las más hermosas del lenguaje. Suena ligera, redonda, casi danzante. Tiene algo de poesía y de fuerza a la vez.

Dicen que las libélulas simbolizan la transformación, la madurez del alma, la ligereza después del peso. Y lo entiendo. Porque para llegar a volar así, primero tienen que vivir bajo el agua, en la sombra, hasta que un día emergen y se convierten en pura transparencia.

Quizá por eso aparecieron hoy, justo cuando empiezo a sentirme más en paz conmigo.

Porque algo dentro de mí también ha cambiado de forma, como si hubiese aprendido a respirar distinto, más despacio, más en calma.

Las libélulas se quedaron unos segundos, mirándome sin mirar, y luego se fueron.

Pero dejaron algo en el aire, una especie de mensaje silencioso que entendí sin palabras:

“Ya puedes volar más ligera.”

Wolfgang Hasselmann

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