A veces todavía la sueño.
Esa niña que intenta entender un mundo que no la entiende a ella.
Que pide ayuda y recibe silencio.
Que se esfuerza tanto por hacerlo bien, por pertenecer, que acaba creyendo que hay algo en ella que no encaja.
Durante años pensé que esa soledad era culpa mía.
Hasta que un día la miré de frente y entendí:
no me faltaba capacidad,
me faltaba compañía.
Hoy la abrazo.
Le digo que ya no tiene que poder con todo, que no tiene que fingir fortaleza para ser querida.
Que no necesita entenderlo todo para merecer amor.
Y cuando la tristeza regresa,
le susurro despacio:
Ya no estás sola.
Me tienes a mí, y eso basta.

Deja un comentario