Invéntate un día festivo. Explica por qué todo el mundo debería celebrarlo y cómo.
Si pudiera inventarme un día festivo, sería éste: un día donde el mundo entero hiciera una pausa.
Sin tráfico, sin pantallas, sin notificaciones, solo el sonido del viento, del mar, o del silencio.
Sería un día para reencontrarse con lo esencial.
Para cocinar despacio, caminar sin rumbo, abrazar sin prisa, mirar a los ojos sin decir nada.
Un día para recordar que la vida no se mide en productividad, sino en presencia.
Ese día nadie correría, nadie fingiría estar bien,
nadie competiría por tener razón.
Sería un día para respirar juntos,
para soltar el peso de los “tengo que” y escuchar lo que el alma lleva tiempo susurrando.
En las plazas habría música suave, los cafés se llenarían de conversaciones reales, y en las casas se encenderían velas en lugar de pantallas.
Porque la calma también se contagia, y compartirla sería la forma más bella de celebrar la vida.


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