A veces el amor no se apaga.
Solo se llena de silencios.
De esos silencios que pesan más que una discusión y que se clavan más hondo que una despedida.
Ella quiso decir “te necesité”, pero él solo escuchó “me dolió que no vinieras”.
Y ahí, entre la frase y la intención, se perdió un puente.
Un puente hecho de ternura, de vulnerabilidad, de eso que cuesta tanto mostrar cuando uno teme no ser comprendido.
Porque sí, a veces el amor se rompe, no porque falte amor, sino porque sobran muros.
Porque el orgullo habla más alto que el corazón, y el miedo traduce lo que el alma intenta decir en otro idioma.
Yo lo he visto —y lo he vivido—: ese instante en el que dos personas que se quieren dejan de hablar el mismo lenguaje.
Uno pide presencia y el otro entiende reclamo.
Uno dice “te extraño” y el otro escucha “me reprochas”.
Y así, el amor se deshilacha despacio… no por falta de fuego, sino por exceso de defensa.
Hoy entiendo que lo que no decimos también deja marcas.
Que amar no siempre es sostener, a veces es ceder.
Y que cuando el ego traduce al amor, el mensaje se pierde.
Por eso, si me lees y alguna vez fuiste esa persona que calló para no incomodar, te abrazo.
Porque el silencio también fue tu manera de cuidar.
Solo que ahora ya lo sabes: el amor no necesita traductores, solo presencia.


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