Cuando la vida te deja en el suelo

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Caer duele.

No hay otra forma de decirlo.

Duele el cuerpo, duele el alma, duele ver cómo algunas personas se alejan justo cuando más las necesitabas.

Pero desde el suelo también se ve distinto.

Ahí, sin máscaras, sin fuerzas para aparentar, aparece la verdad.

Se revelan los vínculos sinceros, los que se quedan sin preguntar, los que te alcanzan la mano sin juzgar.

Y también los otros: los que miran de lejos, los que se justifican, los que callan porque tu caída les incomoda.

Caer no solo derrumba, también ordena.

Acomoda la vista.

Te hace comprender quién merece estar en tu vida y quién simplemente ocupaba espacio.

Yo he caído más de una vez.

Y aunque al principio solo veía ruina, con el tiempo entendí que esas caídas fueron mi escuela.

Que desde el suelo se aprende humildad, y desde la herida se aprende amor propio.

Levantarme no me devolvió la vida que tenía antes: me dio una mejor.

Una más honesta, más serena, más mía.

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