Hace un año que te fuiste, y todavía te busco con la mirada, sin querer.
A veces creo oír tus pasos, el roce de tus uñas sobre el suelo, ese suspiro tuyo antes de dormir.
Todavía me sale hablarte bajito, como si siguieras aquí, girando la cabeza al oír mi voz.
Pataky… mi compañera, mi amor incondicional.
Fuiste abrigo en mis días fríos, consuelo en mis silencios y alegría en los momentos más simples.
Nunca pediste nada, y sin embargo lo diste todo: tu lealtad, tu ternura sin condiciones, esa forma tuya de mirarme que decía más que cualquier palabra.
Tu partida dejó un hueco que no se llena, pero también me dejó una certeza: el amor verdadero no se acaba cuando el cuerpo se va.
Sigue aquí, en cada rincón donde estuviste, en cada recuerdo que me hace sonreír con lágrimas.
Gracias por haberme elegido.
Por esperarme cada vez que tardaba, por tu paciencia, por tu forma silenciosa de acompañar.
Eras pura presencia, pura luz.
Y aunque ya no estés en forma de vida, sé que sigues cerca, libre, corriendo entre los sueños y el viento.
Te extraño cada día, pero también te celebro.
Porque amarte fue un privilegio.
Y recordarte, todavía, es mi manera de seguir cuidándote.
— Sandrinne Élan 🌿


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