Griefbots: ¿acompañar o retener?

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Hay cosas que hasta hace poco sólo existían en la ciencia ficción.

Y de repente aparecen en nuestras vidas como si siempre hubieran estado ahí, sin pedir permiso.

Los griefbots son una de ellas.

Programas que imitan a quienes ya no están.

Que hablan como ellos, escriben como ellos… casi te miran, aunque no tienen ojos.

Una especie de puente digital hacia una presencia que ya se volvió ausencia.

Y no voy a negar que hay algo… tentador en eso.

Esa idea de poder escribirle a alguien que se fue, de escuchar palabras que suenan familiares, como un eco suave que te empuja a creer que la despedida puede ser menos brusca.

Que la muerte, así, duele un poco menos.

Pero también me pregunto —y no desde el juicio, sino desde la piel—:

¿Nos ayuda a sanar… o nos deja atrapados en una habitación que ya no tiene ventanas?

Porque el duelo, al final, es aprender a vivir con un hueco.

Aceptar que el amor no desaparece, pero cambia de forma.

Que hay presencias que se vuelven silencio, y que ese silencio también puede abrazar, aunque al principio queme.

No sé si la tecnología puede acompañar ese proceso sin invadirlo.

No sé si un algoritmo, por más preciso que sea, entiende la hondura del “te echo de menos” sin convertirlo en un simulacro.

Y oye, también entiendo la otra cara: cuando el corazón está roto, uno agarra cualquier hilo de conexión.

A veces necesitamos un puente antes de atrevernos al vacío.

Supongo que, como casi todo en la vida, no se trata de prohibir ni idealizar.

Sino de preguntarnos desde dónde lo hacemos:

¿Para honrar esa vida?

¿O para no aceptar la ausencia?

Quizás el verdadero acto de amor sea recordar sin aferrarnos.

Llevarlos dentro, no en una pantalla.

Hablarles en silencio, no en una ventana de chat.

Y dejar que el duelo haga su trabajo: rompernos justo en el punto donde la luz quiere entrar.

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