Me pasé media vida intentando cumplir reglas que nunca elegí.
Mandatos heredados, frases hechas, consejos que venían envueltos en buena intención… pero que pesaban. Mucho.
Y un día me di cuenta de que casi ninguno hablaba de mí.
Ni de lo que yo necesitaba.
Ni de lo que mi alma llevaba años susurrando.
“No te separes por los niños”.
Hasta que entendí que a los niños no los rompe una separación, los rompe crecer viendo un amor que no existe, o una guerra que nadie apaga.
Y entonces respiré.
“Pedir ayuda es de débiles”.
Hasta que vi a personas fuertes desmoronarse por sostener demasiado en silencio.
Ahí aprendí que pedir ayuda es amor.
Hacia uno mismo, sobre todo.
“La familia no se abandona”.
Hasta que descubrí que familia es quien te cuida el alma, no quien comparte tu apellido.
Hay lazos que son sangre y otros que son hogar.
Lo demás… es costumbre.
“Cásate joven para no quedarte sola”.
Hasta que vi gente acompañada viviendo más soledad que si estuvieran en un desierto.
La soledad real no viene por no tener pareja.
Viene por no tener paz.
“Aguanta el trabajo, valora la estabilidad”.
Hasta que vi cómo la estabilidad puede ser una jaula dorada donde se te rompe la espalda y el ánimo.
La vida no está para sobrevivirla.
Está para vivirla sin miedo.
“Sigue la tradición familiar”.
Hasta que vi generaciones enteras arrastrando dolores que no eran suyos.
Y ahí comprendí que sanar también es desobedecer.
“Los hombres no lloran”.
Hasta que vi lo que cuesta vivir una vida con el nudo permanentemente en la garganta.
Y entonces dejé de callar mi propia emoción.
Yo sí lloro. Y gracias a eso sigo viva por dentro.
“Así es la vida”.
Hasta que me harté de obedecer frases que justifican lo injustificable.
La vida es como la construimos, no como nos la contaron.
Y quizá lo más importante:
El secreto de la vida nunca está afuera. Está adentro.
En lo que decides dejar, en lo que decides elegir y en lo que te permites sentir.
He tardado años en llegar aquí.
A este lugar donde ya no sigo mandatos que me aprietan, donde escucho lo que me dice el cuerpo, lo que me pide el alma, y lo que necesitan mis hijos para crecer en un entorno sano.
Hoy vivo desde esa verdad mía.
Y es más ligera.
Más honesta.
Más real.
Más mía.


Deja un comentario