¿Eres de día o de noche?
La verdad… creo que soy un poco de ambos.
Del día, porque necesito la luz. La claridad me ordena por dentro, me despierta las ganas, me centra. Hay días en los que el sol me recuerda quién soy, incluso cuando no tengo todas las respuestas.
El día me hace bien.
La luz me sostiene, me centra, me ordena.
Cuando amanece siento que todo vuelve a empezar, incluso yo. La claridad me calma la mente y me recuerda que, aunque ayer pesara, hoy tengo otra oportunidad de hacerlo de otra forma.
Me encanta esa sensación de abrir las ventanas y que la casa respire conmigo.
Pero también tengo algo de la noche. Ese silencio que me recoge, que me baja el pulso, que me deja respirar sin prisa. Las noches me ayudan a escucharme mejor, a escribir, a sentir… a sostener lo que durante el día no me dio tiempo.
La noche me pertenece de una manera distinta.
La noche no me pide nada, no me exige energía, no me reclama estar disponible.
La noche me deja estar.
Me da cobijo para escribir, para leer, para sentir lo que durante el día no me dio tiempo o no quise mirar.
Tiene esa calma que abraza mis partes más profundas, las que no gritan pero tampoco se callan.
Supongo que soy de esos seres que necesitan la luz para avanzar y la oscuridad suave para entenderse.
Mitad día, mitad noche.
Mitad impulso, mitad calma.
Creo que al final soy eso:
un punto intermedio.
Una mujer que necesita la claridad para caminar y la oscuridad suave para comprenderse.
Una mezcla rara de impulso y recogimiento.
De ganas y silencio.
De sol y luna.
No es que sea de día.
No es que sea de noche.
Soy de los momentos que me devuelven a mí.
De los instantes en los que puedo sentir sin prisa, escucharme sin ruido, y recordar que pertenezco a ambos lados: al brillo y a la sombra… porque en ambos me encuentro.


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