Lo que nos debemos cuando elegimos estar

By

A veces me pregunto cuántas relaciones se han roto —o se han ido apagando en silencio— por falta de honestidad emocional.

No por peleas, no por un gran desencuentro.

Sino por algo más simple y a la vez más profundo:

la falta de responsabilidad afectiva.

Porque sí, al final toda relación —de pareja, amistad o familia— es un espacio vivo. Un territorio donde dos mundos se encuentran y tratan de entenderse. Y estar ahí, de verdad, supone algo más que aparecer cuando a uno le conviene.

Implica mirar al otro.

Escuchar lo que siente aunque no lo compartas.

Sostener una parte, aunque sea pequeña, de lo que al otro le duele o le importa.

No porque “toque”, sino porque lo has elegido.

La responsabilidad afectiva no es ser perfecto.

No es acertar siempre.

No es estar disponible a cualquier precio.

Es mucho más sencillo y a la vez más valiente: es tener presente que tus acciones tienen efecto en alguien a quien quieres.

Y también es esto:

No usar el “yo soy así” como excusa para evitar crecer.

No desaparecer cuando algo incomoda.

No pedir vínculos profundos desde un lugar individualista.

No pretender cosechar donde no se ha regado nada.

Las relaciones no son autopistas sin normas.

Son espacios donde ambas partes importan.

Donde cuidarse es el idioma común.

Donde escuchar no es una concesión, sino un acto de amor.

Y, sobre todo, donde uno entiende que participar significa cuidar de los dos.

Quizá por eso, con el tiempo, he aprendido a valorar más a quienes se responsabilizan de su mundo emocional sin cargarlo sobre el mío.

A quienes hablan desde lo que sienten, no desde lo que exigen.

A quienes se atreven a mirar hacia dentro antes de señalar fuera.

Ese es el tipo de vínculo donde puedo descansar.

Donde puedo ser.

Donde la vida se siente hogar.

Porque, de eso va la responsabilidad afectiva: de hacer que el otro no tenga que adivinar, huir o defenderse…sino simplemente sentirse acompañado.

Deja un comentario