Mi lugar favorito: allí donde el hielo habla

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¿Tienes algún lugar favorito que hayas visitado? ¿Cuál es?

Si cierro los ojos y pienso en el lugar más impresionante que he visitado, mi memoria no se va ni a una ciudad ni a una playa.

Se va directo al sur.

A ese rincón de la Patagonia argentina donde la tierra parece recién creada: el glaciar Perito Moreno, en el Parque Nacional Los Glaciares, cerca de El Calafate.

Allí todo es distinto.

El aire es más puro, más limpio, más frío de una manera que despierta.

Los sonidos se afinan: el viento, el crujido del hielo, ese silencio tan profundo que no intimida, sino que acompaña.

Recuerdo caminar por sus pasarelas primero, viendo las paredes de hielo elevándose como catedrales azules.

Y después, cuando pude andar sobre el glaciar, sentir bajo mis pies esa mezcla de historia, tiempo y quietud.

Cada paso era un recordatorio de que estaba pisando algo que lleva ahí miles de años, cambiando en silencio, avanzando sin prisa, manteniendo su esencia a pesar de todo.

Y bebí su agua.

Ese sorbo helado, directo del deshielo, fue una de las cosas más puras que he probado en mi vida.

Era como beber de la propia raíz de la tierra: limpio, transparente, sin artificios.

Como si por un momento mi cuerpo entendiera algo que mi mente todavía estaba aprendiendo.

El entorno entero era un mensaje: las montañas enormes al fondo, el cielo tan abierto que parecía no terminar nunca, los azules imposibles del hielo, los desprendimientos que caían como truenos y te recordaban que todo lo vivo se mueve, incluso lo que parece inmóvil.

En ese lugar me sentí pequeña, sí, pero no en el sentido de insignificante.

Pequeña como cuando algo te sobrecoge y te recoloca por dentro.

Pequeña de una forma que da paz.

Por eso, cuando me preguntan cuál es mi lugar favorito, lo tengo claro: el Perito Moreno, allí donde el frío no te distancia, sino que te despierta.

Allí donde entendí que la vida —como el glaciar— avanza, se rompe, se recompone y sigue, una y otra vez.

Si algún día vuelvo, sé que no volveré igual.

Pero quizá ese sea precisamente el sentido de los lugares que marcan: no que se parezcan a nosotros, sino que nos transformen.

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