Los animales que me vieron antes de que yo los viera

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¿Alguna vez has visto animales en su hábitat natural?

A veces pienso que los animales nos perciben antes de que nosotros reparemos en ellos. Como si intuyeran algo —no sé, una vibración, un modo de estar en el mundo— y por un segundo nos reconocieran.

Y luego, solo después, llega nuestra mirada.

He visto tortugas gigantes en Mauricio, lentas y eternas, avanzando como si el tiempo no tuviera prisa con ellas. Me acerqué despacio, como quien se acerca a una sabiduría antigua. Todavía hoy pienso que ellas entendieron algo de mí que yo aún no sabía.

He visto mariposas en Iguazú, pequeñas y libres, posándose en las manos de los turistas como si eligieran a quién regalarle un instante. A mí me eligieron también. Y, por un segundo, sentí ese peso tan ligero que casi parecía un mensaje.

He visto alpacas —o guanacos— en Torres del Paine, caminando en silencio frente a montañas que parecían dioses. Allí todo se volvía simple: el frío, el viento, el paisaje inmenso… y ese animal mirándome como si yo fuera la intrusa en su mundo, pero una intrusa bienvenida.

He visto monos en Brasil, curiosos, rápidos, descarados, quizás demasiado humanos a veces. Y otros en México, con ojos oscuros que parecían saberlo todo. No sé cómo se llaman. Pero no he olvidado sus miradas.

He visto mantas gigantes en Maldivas deslizándose bajo mí como si volaran, tiburones que pasaban sin ruido, bancos de peces que abrían el agua en colores imposibles. Y ahí, dentro del mar —aunque yo nunca he sido del mar hacia adentro— sentí algo parecido a la gratitud. O al respeto. O al vértigo.

De cada animal recuerdo algo distinto: una mirada, un movimiento, una sensación.

Pero todos tienen algo en común: me devolvieron al presente sin esfuerzo, como si su sola existencia fuese una invitación a vivir más despacio, más atenta, más desde dentro.

No sé si los animales sienten amor, pero sí sé que generan algo que se le parece. Una especie de reconocimiento silencioso, casi íntimo.

Y a veces pienso que ellos me vieron antes.

Antes de que yo me diera cuenta de dónde estaba.

Antes de que entendiera lo que ese momento iba a significar.

Quizá por eso me marcan tanto.

Porque, al final, hay encuentros que no se buscan.

Suceden. Te tocan. Y se quedan.

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