Hay momentos en los que no eliges ser fuerte.
La vida simplemente te pone contra una pared y te dice, sin decirlo: “Hasta aquí.”
Y tú, que siempre sigues, que siempre tiras, que siempre encuentras un hilo más donde ya no queda nada, te descubres de pronto en una pausa que no buscaste.
Una pausa que duele, que asusta, pero que también revela cosas que ignorabas de ti.
Porque la fuerza no siempre está en avanzar.
A veces la fuerza es detenerte.
Mirar de frente lo que te quiebra.
Respirar aunque tiemble el cuerpo.
Sostener lo que amas sin desbordarte.
La fuerza que aprendo ahora
no es la que nunca llora,
ni la que presume,
ni la que cree que “poder con todo” es un triunfo.
Es otra fuerza.
Más sincera.
Más honda.
Más humana.
Es la fuerza que aparece justo cuando el corazón pide una tregua.
La fuerza que no empuja, sino que acompaña.
La que se sienta al borde de una cama de hospital y, aunque esté rota, dice con voz bajita:
“Estoy aquí.”
La que entiende que detenerse también es amor, que ceder también es coraje,
y que a veces parar es la única manera de seguir viva por dentro.
Porque no siempre somos fuertes por elección.
A veces somos fuertes porque no queda otra.
Y aun así… incluso ahí…
hay una luz discreta que nos sostiene.
Esa luz somos nosotras.
Aunque cueste reconocerla.
— Sandrinne Élan


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