Las huellas que orientan

By

Describe a un hombre que haya tenido un impacto positivo en tu vida.

No han sido muchos los hombres que han tenido un impacto real en mi vida.

Y no porque no haya habido encuentros, sino porque el impacto no lo mide el tiempo ni la intensidad, sino lo que permanece cuando todo lo demás se ordena.

De algunos me quedó la importancia de la presencia.

No la grandilocuente, sino esa que no se va cuando la vida se pone incómoda.

La que no necesita ruido para sentirse segura.

De otros aprendí el valor de la coherencia.

Que las palabras pesen lo mismo que los actos.

Que no haya que traducir gestos ni justificar silencios.

También comprendí algo esencial: que el vínculo sano no invade, no empuja, no exige que una se haga pequeña para encajar.

Acompaña. Respeta. Deja espacio.

No hablo de personas concretas. Hablo de huellas.

De referencias internas que, sin darme cuenta, fueron afinando mi mirada y mi manera de estar en el mundo.

Con el tiempo entendí que no todo impacto tiene que ser evidente para ser verdadero.

Hay personas que no llegan a cambiarte la vida entera, pero sí te ayudan a afinarla.

A distinguir lo esencial de lo accesorio.

A reconocer cuándo algo suma y cuándo simplemente ocupa espacio.

A no confundir intensidad con profundidad, ni presencia con control.

Hoy valoro especialmente a quienes no necesitan tener razón todo el tiempo.

A quienes saben escuchar sin corregir.

A quienes no compiten, no invaden, no empujan.

A quienes entienden que amar —en cualquiera de sus formas—también es respetar el ritmo del otro.

Quizá eso fue lo que me dejaron, en el fondo: una brújula más fina.

No para señalar caminos ajenos, sino para volver a mí con más claridad.

Y eso, cuando llega, ya no se pierde.

Deja un comentario