Imagina cuidar una planta.
La riegas.
La cambias de sitio cuando no le da bien la luz.
Le quitas hojas secas.
La miras cada día.
Pasan las semanas.
Y parece igual.
No hay flores nuevas.
No hay señales evidentes.
Nada que confirme que todo ese cuidado está sirviendo para algo.
Muchos dejan de hacerlo ahí.
Porque no ven resultados.
Porque no hay respuesta inmediata.
Pero la planta, aunque no lo muestre todavía, está viva gracias a eso.
Con las personas pasa algo muy parecido.
Hay gestos que no se lucen.
Presencias que no hacen ruido.
Cuidados que no se anuncian.
Estar.
Responder.
Acompañar.
Sostener sin ocupar el centro.
No como sacrificio.
No desde la deuda.
Simplemente porque nace hacerlo.
A veces nadie lo registra.
Nadie pregunta.
Nadie comenta nada.
Y aun así, ese gesto existe.
Y tiene valor.
No siempre sabemos cuánto dejó el otro para estar.
Qué postergó.
Qué interrumpió.
Cuánto tiempo regaló.
Puede haber sido solo una llamada.
Un mensaje breve.
Un “estoy aquí” en el momento justo.
Pequeño por fuera.
Enorme por dentro.
No porque dar necesite reconocimiento para ser auténtico.
Sino porque somos humanos. Y sentirnos vistos también forma parte del vínculo.
Por eso, cuando alguien nos regala un gesto, la mejor recompensa no es devolverlo multiplicado, ni hacer grandes discursos, ni sentirnos en deuda.
Es algo mucho más sencillo.
El reconocimiento.
Un “gracias” dicho de verdad.
Un “lo vi”.
Un “importó”.
Eso no convierte el gesto en obligación. Lo convierte en encuentro.
Y quizá ahí esté lo esencial: en aprender a dar sin esperar, y en aprender a agradecer sin minimizar.
Porque lo que no se nombra, a veces se pierde.
Y lo que se reconoce, permanece.


Deja un comentario