No quiero olvidar lo que dolió.
No porque me guste recordar el daño, sino porque olvidar a ciegas tiene algo peligroso.
Hay memorias que no vienen a castigarnos, vienen a afinarnos la mirada.
A enseñarnos dónde no volver.
Qué no elegir otra vez.
Qué señales ignoramos cuando queríamos que todo saliera bien.
Durante mucho tiempo pensé que sanar era borrar.
Pasar página rápido.
No mirar atrás.
Pero no siempre es así.
A veces, olvidar demasiado pronto es repetir sin darnos cuenta.
Volver al mismo lugar con otra forma, otro nombre, otra promesa… pero la misma herida.
Los recuerdos difíciles no son enemigos.
Son archivos vivos.
Nos recuerdan quiénes fuimos cuando no supimos cuidarnos mejor.
Y también quiénes somos ahora, porque ya no aceptaríamos lo mismo.
No se trata de quedarse atrapados en el pasado.
Se trata de integrarlo.
De agradecer incluso lo incómodo, porque nos devolvió algo esencial: la capacidad de elegir distinto.
Hoy no quiero olvidar.
Quiero recordar sin rabia.
Sin culpa.
Con la serenidad de quien ha aprendido.
Porque la memoria, cuando está en paz, no duele.
Guía.


Deja un comentario