Estas palabras nacen inspiradas por unas letras de una querida profesora, Ingrid Honkala. No para repetirlas, sino para dejar que resuenen y sigan su propio camino.
No cerramos un año de golpe.
Lo vamos soltando despacio, como quien apaga una luz sin querer hacer ruido.
Este año que dejamos atrás no fue ligero.
Tampoco fue casual.
Trajo preguntas que no tenían respuesta inmediata.
Momentos en los que hubo que parar, sostener, esperar.
Días en los que avanzar no significó correr, sino permanecer.
Hubo pérdidas pequeñas —y no tanto—.
Cambios que no elegimos.
Y una certeza que se fue colando poco a poco: no todo se entiende cuando sucede, pero todo deja huella.
Este año me enseñó que la fuerza no siempre se ve.
Que a veces es simplemente levantarse otra vez.
Respirar.
Seguir.
Con menos prisa y más verdad.
Aprendí que no todo lo que duele es un error.
Que hay procesos que no buscan comodidad, sino profundidad.
Y que incluso en los tramos más oscuros hubo algo sosteniendo, aunque no siempre supiera ponerle nombre.
Ahora, al asomarnos al año que llega, no empezamos de cero.
Empezamos con todo lo aprendido.
El nuevo año no es una promesa perfecta.
Es una puerta abierta.
Una invitación a vivir con un poco más de conciencia, con menos juicio y más presencia.
Que lo que venga no tenga que ser grande para ser valioso.
Que sepamos reconocer la luz cuando aparece en lo pequeño.
Que avancemos con más honestidad que miedo.
Y que, paso a paso, recordemos esto: no estamos empezando de nuevo,estamos continuando con más verdad.


Deja un comentario