Cuando abrir los ojos ya es un regalo. Fin 2025.

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Hay mañanas en las que no hace falta nada más.

Abrimos los ojos.

Nos incorporamos.

El cuerpo responde.

Respiramos.

Y solo con eso, ya hay algo inmenso ocurriendo.

Podemos caminar descalzos por casa.

Oír los primeros sonidos del día.

Ver cómo el cielo cambia de color mientras amanece, sin prisa.

Asomarnos a la habitación de nuestros hijos y encontrarlos ahí, sanos, dormidos, tranquilos, con esa respiración profunda que solo tienen cuando todo está bien.

Hay un techo.

Hay una cama.

Hay silencio.

O hay ruido de vida, que también es una forma de hogar.

A veces se nos olvida.

Nos acostumbramos tanto a lo esencial que dejamos de verlo.

Pero este año —con todo lo que ha traído— me ha enseñado algo muy claro: somos profundamente afortunados.

Afortunados por lo que permanece.

Por lo que sostiene.

Por lo que sigue, incluso cuando el año ha sido complicado.

2025 no ha sido fácil.

Ha tenido momentos duros, cansancio, miedo, incertidumbre.

Pero también ha estado lleno de manos que acompañan, de gestos pequeños que salvan días enteros, de personas que se quedan cuando más falta hace.

Y por todo eso, al cerrar este año, no pido grandes cosas.

Para el que empieza solo deseo:

risas que salgan solas,

cosquillas que terminen en carcajadas,

amaneceres compartidos sin mirar el reloj,

presencia,

hogar,

y tiempo.

Deseo salud.

Salud para levantarnos.

Salud para abrazarnos.

Salud para seguir caminando juntos.

Y deseo también seguir recibiendo —y dando— el amor que tantas personas me han regalado este año, incluso en los momentos más difíciles. Ese amor silencioso que no hace ruido, pero lo sostiene todo.

Cierro 2025 con gratitud.

Con los pies en el suelo.

Y con el corazón lleno.

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