Háblanos de ese objeto que tanto te gustaba de joven. ¿Qué pasó con él?
De niña había un objeto que me acompañaba más de lo que parecía.
No era valioso. Ni especial a los ojos de nadie.
Pero era mío.
Lo usaba sin pensar, casi sin darme cuenta. Estaba ahí cuando me sentía sola, cuando necesitaba refugiarme un rato, cuando quería imaginar otra vida distinta a la que tenía delante. No sabía ponerle palabras entonces, pero hoy lo veo claro: ese objeto me ayudaba a quedarme conmigo.
Con el tiempo desapareció.
No recuerdo exactamente cuándo ni cómo.
Supongo que, como tantas cosas, se perdió mientras yo aprendía a sobrevivir, a encajar, a hacer lo que tocaba.
Durante años pensé que ya no lo necesitaba.
Que había crecido.
Que esas cosas eran de niñas.
Y ahora entiendo que no se trataba del objeto.
Se trataba de lo que me permitía sentir.
De ese espacio íntimo donde no tenía que demostrar nada, donde podía ser blanda, curiosa, libre.
No lo he recuperado como tal.
Pero, de alguna forma, he vuelto a él.
Cada vez que me escucho.
Cada vez que bajo el ritmo.
Cada vez que me permito sentir sin explicarme.
Algunas cosas no vuelven igual.
Vuelven transformadas.
Y eso, ahora lo sé, también es crecer.


Deja un comentario