Desinventar la prisa

By

Si pudieras «desinventar» algo, ¿qué elegirías?

Si pudiera desinventar algo, sería el reloj como juez de la vida.

No el objeto en sí, no las agujas ni los números, sino la manera en que lo hemos convertido en una medida de valor.

Desinventaría esa idea silenciosa —pero insistente— de que siempre vamos tarde.

Tarde para entender.

Tarde para sanar.

Tarde para llegar a donde se supone que deberíamos estar.

Desinventaría el “ya deberías”.

Ya deberías haberlo superado.

Ya deberías tenerlo claro.

Ya deberías ser otra versión de ti.

Me gustaría quitarle al tiempo esa función de fiscal.

Que dejara de preguntarnos qué hemos hecho con los años y empezara, quizá, a acompañarnos mientras los atravesamos.

Porque hay cosas que no responden a calendarios.

El duelo no entiende de plazos.

La confianza no se acelera.

La alegría no aparece por cumplir objetivos.

Y el amor —el de verdad— nunca llega cuando toca, sino cuando puede.

Me quedaría con un tiempo más ancho.

Un tiempo que no exige resultados.

Con horas que no sirven para nada productivo, pero lo sostienen todo.

Un tiempo donde parar no sea fracasar.

Donde dudar no sea perder.

Donde cambiar de ritmo no sea rendirse.

Tal vez vivir mejor no consista en aprovechar el tiempo, sino en dejar de pelear con él.

En permitir que algunas cosas maduren despacio.

En aceptar que hay procesos que no se pueden optimizar sin romperlos.

Si pudiera desinventar algo, sería esa prisa heredada que nos empuja incluso cuando el alma pide pausa.

Y quizá entonces —solo quizá—empezaríamos a llegar a los sitios importantes justo cuando estamos listos para estar en ellos.

Deja un comentario