Hay un punto en el camino —no siempre claro, no siempre elegante— en el que algo dentro se cansa.
No de los demás exactamente, sino de estar pendiente.
De medir cada palabra.
De explicarte.
De justificar quién eres para que no moleste demasiado.
Durante mucho tiempo creemos que vivir es gustar.
Que hacerlo bien es no incomodar.
Que ser buena persona consiste en adaptarse, en encajar, en no levantar la voz interior.
Y no.
No va por ahí.
La opinión ajena es frágil, cambiante, inestable.
Hoy aplaude, mañana señala.
A veces incluso sin conocerte, sin entender tu historia, sin haber caminado ni un metro con tus zapatos.
Y aun así, le damos poder. Mucho poder.
Pero hay algo que se aprende con los años —y con algunas heridas—:
lo que otros piensan de ti suele hablar más de sus miedos, de sus carencias o de sus deseos no resueltos… que de ti.
No se trata de volverte indiferente.
No se trata de que no te importe nadie.
Se trata de elegir a quién sí.
Porque la paz no llega cuando todos están de acuerdo contigo.
Llega cuando tú estás en paz con quien eres.
Cuando haces lo que haces desde coherencia, aunque no guste.
Cuando eliges lo que te hace bien, aunque no sea comprendido.
Cuando dejas de pedir permiso para ser tú.
Hagas lo que hagas, siempre habrá opiniones.
Así que al menos —al menos— que te critiquen por estar viva, por ser honesta, por elegirte.
No por haberte traicionado.
Hoy sé que vivir no es gustar.
Es sostenerte.
Es caminar con miedo a veces, pero sin renunciar a ti.
Es aceptar que no todo el mundo tiene que entenderte… y que eso también está bien.
Y, curiosamente, cuando dejas de vivir para gustar,
empiezas a vivir de verdad.


Deja un comentario