A veces nos cuidamos tanto
que nos vamos retirando de la vida sin darnos cuenta.
Nos decimos que es prudencia.
Que es madurez.
Que ya hemos aprendido.
Pero, en el fondo, muchas veces es miedo.
Miedo a volver a sentir.
A volver a apostar.
A abrir un poco más el pecho de lo que creemos que podemos sostener.
Cuidarse no debería ser sinónimo de endurecerse.
Ni de cerrarse.
Ni de vivir a medio gas.
Cuidarse, de verdad, es saber cuándo descansar… pero también cuándo quedarse.
Cuándo poner un límite… y cuándo permitir que alguien se acerque.
Hay una forma de cuidado que anestesia.
Y otra que abriga.
La primera te protege del dolor, sí, pero también te aleja del amor.
La segunda no garantiza nada,
pero te mantiene viva.
Porque amar siempre implica riesgo.
Y vivir también.
Negarse al amor por miedo a sufrir es una forma silenciosa de ir apagándose.
Como respirar sin llenar los pulmones.
Como caminar sin mirar el paisaje.
Cuidarse no es evitarlo todo.
Es aprender a sostener lo que llega.
Con más presencia.
Con más verdad.
Con menos armaduras.
Y quizá ahí esté el verdadero equilibrio:
no en protegernos de la vida, sino en aprender a vivirla sin escondernos tanto.


Deja un comentario