Siete segundos sin huir

By

Hubo un tiempo —y no sé si se ha ido del todo— en el que aprendimos a protegernos saliendo corriendo.

Del silencio.

Del contacto.

De lo que se siente cuando no hacemos nada para disimular.

Nos enseñaron a reaccionar, no a quedarnos.

A hablar para romper la incomodidad.

A reír cuando algo nos toca demasiado cerca.

A poner una frase, un gesto, una broma… cualquier cosa que nos devuelva al control.

Pero nadie nos enseñó a recibir.

A quedarnos siete segundos en un abrazo sin tensar el cuerpo.

Sin dar la palmadita que dice “ya está”.

Sin salir del momento para proteger el ego.

Y no porque no sepamos amar.

Sino porque muchas veces amar de verdad nos deja desnudos.

Nos enseñaron a ser fuertes, pero no a ser sostenidos.

A tocar cuerpos, pero no a habitar el corazón.

A no necesitar a nadie, cuando en realidad estamos hechos de vínculo.

Por eso a veces el contacto incomoda.

Porque revela una herida más antigua:

la de no habernos sentido acompañados cuando más lo necesitábamos.

Y entonces el cuerpo recuerda.

Se agita.

Quiere huir.

No del otro.

De lo que aparece dentro.

Quizá el trabajo no esté en forzarnos a abrazar, sino en atrevernos a quedarnos cuando algo es real.

Aunque tiemble.

Aunque no sepamos cómo.

Aunque después lloremos un poco.

Tal vez sanar no sea aprender a estar siempre acompañados, sino aprender a sostenernos primero, para que cuando llegue el abrazo, no tengamos que salir corriendo de él.

Y tú… ¿aguantarías siete segundos sin huir?

Deja un comentario