La liviandad de la gente feliz

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Hay una felicidad que no hace ruido.

No entra arrasando, no explica demasiado, no se defiende.

Simplemente está.

La gente feliz no critica porque no lo necesita.

No porque sea mejor, ni más espiritual, ni más elevada.

Sino porque ha entendido algo esencial:

que gastar energía en demostrar, en humillar o en imponerse sale muy caro.

La gente feliz sabe elegir sus batallas.

Y, sobre todo, sabe cuándo no luchar ninguna.

Sabe irse.

Sabe decir que sí cuando lo siente

y sabe decir que no sin culpa cuando algo no encaja.

Por eso duerme tranquila.

No necesita opinar de todo,

ni engancharse a cualquier conversación,

ni sostener vínculos por costumbre.

Construye relaciones que suman

y suelta —aunque duela— las que pesan.

La gente feliz cuida su paz como quien cuida algo sagrado.

No se empuja.

No se explica de más.

No necesita demostrar nada a nadie.

Habita lo que es.

Con sus luces y sus sombras.

Sin ironías que hieren.

Sin palabras usadas como armas.

Y entonces ocurre algo hermoso: vive liviana.

Tan liviana

que no se le nota en la cara,

se le nota en el alma.

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