No escribo desde la teoría.
Ni desde un personaje.
Ni desde un lugar elevado.
Escribo desde aquí.
Desde lo vivido.
Desde lo que ha dolido y se ha ido recolocando con el tiempo.
Desde la experiencia de estar, de sostener, de equivocarme y de volver a mirar.
Este no es un espacio para hacerlo todo bien.
Ni para tener respuestas rápidas.
Ni para repetir frases que suenan bonitas pero no acompañan.
Aquí no vas a encontrar recetas.
Ni promesas de cambio exprés.
Ni espiritualidad desconectada de la vida real.
Sí vas a encontrar palabras nacidas del cuerpo.
De los vínculos.
De la maternidad.
Del cansancio.
Del amor que cuida y del que no supo hacerlo.
De aprender a elegir mejor, a veces tarde, pero con conciencia.
Escribo porque necesito comprender lo que vivo.
Y porque, muchas veces, ponerlo en palabras ordena.
No para cerrar historias, sino para habitarlas mejor.
No escribo para gustar.
Ni para convencer a nadie.
Escribo para ser honesta conmigo y con quien lea.
Para acompañar sin invadir.
Para mirar sin juicio.
Para quedarme donde antes habría salido corriendo.
Si estás aquí, no prometo respuestas.
Prometo presencia.
Respeto por los procesos.
Y palabras que no intentan tapar nada.
Este es un lugar tranquilo.
Sin ruido.
Sin máscaras.
Desde aquí escribo.
Y desde aquí, si lo sientes, eres bienvenida.



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