Lo que se nos queda de quienes elegimos

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No siempre nos damos cuenta, pero cada vínculo deja rastro.

No entra como una sacudida.

Entra despacio.

Se instala.

Puede ser una manera nueva de reaccionar.

Un gesto que repites sin saber de dónde salió.

Un pensamiento que antes no era tuyo.

Un límite que se afloja.

O una forma de mirar el mundo que, sin pedir permiso, empieza a parecerte normal.

Así funcionan los vínculos de verdad.

No invaden.

Se filtran.

El contacto continuado tiene efectos.

Nos moldeamos unos a otros más de lo que estamos dispuestos a admitir.

No porque seamos débiles, sino porque somos profundamente relacionales.

El cuerpo aprende.

La emoción imita.

La mente se adapta.

Por eso no es lo mismo compartir la vida con cualquiera.

Ni da igual a quién llamas amigo.

Ni es neutro el ambiente en el que trabajas.

Elegir pareja no es solo una cuestión de amor.

Es elegir el ritmo de tus días, las conversaciones que se repiten, la forma en la que se gestionan los silencios.

Elegir amistades es elegir qué se normaliza.

Qué se celebra.

Qué se critica.

Elegir un trabajo es elegir el tono emocional que te acompaña de lunes a viernes.

Y elegir a quién entregas tu tiempo es, aunque no lo parezca, una forma de esculpirte.

Nos gusta pensar que somos una identidad fija, sólida, inmune.

Pero no lo somos tanto.

Nos hacemos —y nos deshacemos— en contacto con otros.

Ahí está la belleza de vincularnos bien.

Y también la responsabilidad.

No todo vínculo suma.

No toda cercanía cuida.

Y no toda costumbre merece quedarse.

Elegir con quién estar no es un gesto menor.

Es una forma silenciosa de elegir quién eres cuando nadie te mira.

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