¿Qué es de lo que más te quejas?
No me gusta la queja.
Aunque, claro, a veces caigo. Como todo el mundo.
La diferencia —creo— está en lo que hago cuando me doy cuenta.
La queja tiene algo tramposo: parece alivio, pero en el fondo inmoviliza.
Te coloca en un lugar donde todo depende de fuera, donde la responsabilidad se diluye y el malestar se queda a vivir.
Y yo no quiero vivir ahí.
Cuando me escucho quejarme, paro.
No siempre a tiempo, no siempre con elegancia, pero paro.
No porque no tenga motivos.
Sino porque sé que desde ese lugar no construyo nada.
Ni claridad, ni movimiento, ni verdad.
A veces la queja es cansancio mal expresado.
O tristeza que no se ha escuchado bien.
O una necesidad que todavía no he sabido nombrar.
Pero quedarme en ella sería traicionarme.
Así que cuando aparece, la uso como señal.
No como identidad.
Me pregunto qué necesito ajustar, soltar o mirar distinto.
Y doy un paso fuera, aunque sea pequeño.
No es superioridad moral.
Es supervivencia emocional.


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