¿Qué es lo que más te aterroriza hacer? ¿Qué te empujaría a hacerlo?
No siempre es un miedo grande.
A veces no tiembla el cuerpo ni se acelera el pulso.
A veces es más sutil. Más incómodo.
Es ese punto en el que algo empieza a ser posible de verdad.
No hablo del miedo a perder, ni del miedo al dolor —ésos ya los conozco bien—.
Hablo de otro miedo.
Del que aparece cuando ya no puedes seguir diciéndote que no sabes, que no es el momento, que no toca.
El miedo que llega cuando la vida te pone delante una opción real.
Y te mira.
Sin empujarte, pero sin apartarse.
Durante mucho tiempo confundí ese miedo con una señal de peligro.
Ahora lo reconozco mejor.
No es terror: es vértigo.
Vértigo a moverte sin disfraces.
A sostener una decisión sin ruido alrededor.
A dejar de explicar tanto.
Lo que más me aterroriza hacer —si soy honesta— no es fallar.
Es acertar y tener que habitarlo.
Es que algo funcione y ya no haya excusas para quedarme donde no estoy.
Porque cuando algo es verdadero, también es exigente.
Pide presencia.
Pide coherencia.
Pide hacerse cargo.
Y, aun así, hay algo que empuja.
No es valentía épica ni discursos motivacionales.
Es cansancio del autoengaño.
Es el cuerpo diciendo “hasta aquí”.
Es una calma rara que aparece justo antes del paso.
He aprendido a no forzar ese momento.
Pero tampoco a ignorarlo.
Cuando el miedo no viene acompañado de ruido, sino de claridad, suelo quedarme un rato ahí.
Escuchando.
Sin correr.
Sin dramatizar.
Casi siempre, detrás de ese miedo, hay una verdad esperando ser vivida.
No idealizada.
Vivida.
Y no siempre se trata de hacer algo enorme.
A veces basta con no volver atrás.


Deja un comentario