Menos pose, más piel

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Últimamente miro mucho.

No con juicio —o no siempre—, más bien con una mezcla rara de curiosidad y cansancio.

Veo escenas que deberían ser íntimas convertidas en contenido.

Veo anuncios de vida perfecta grabados antes de que la emoción haya tenido tiempo de asentarse en el cuerpo.

Veo personas más pendientes de que se vea que de sentir.

Y no va de estar a favor o en contra.

No va de compartir o no compartir.

No va de moral ni de reglas.

Va de otra cosa.

No es lo mismo ser feliz y que se note, que intentar parecerlo para que se note.

Ahí está la grieta.

Pequeña, pero decisiva.

Cuando la vida es genuina, no necesita demasiada explicación.

Se percibe.

Se intuye.

Tiene un ritmo propio que no corre detrás de los likes.

Cuando compartes desde ahí, tu alegría no invade, suma.

No compite, acompaña.

No pide aplauso, simplemente está.

En cambio, cuando haces las cosas pensando en cómo quedarán, cuando fuerzas gestos, tiempos o emociones para que encajen en una narrativa bonita, algo se tensa por dentro.

Y aunque llegue reconocimiento, suele llegar solo.

También pasa al revés, claro.

Hay quien no muestra nada y tampoco está en paz.

Y quien comparte mucho y está profundamente bien.

No hay fórmula.

No hay línea recta.

No hay un “deber ser”.

Lo único que de verdad importa —y esto sí lo creo— es desde dónde haces las cosas.

Desde el cuerpo o desde la estrategia.

Desde la presencia o desde la expectativa.

Desde la piel… o desde la pose.

La vida no se vive por bandos ni por consignas.

Se vive por sensaciones.

Y cuando algo es verdadero, no necesita defenderse.

Quizá la pregunta no sea ¿lo muestro o no lo muestro? sino algo más incómodo y más honesto: Esto que comparto nace de mí… o me aleja de mí?

Nota mental, para no olvidarlo:

menos escenario y más verdad.

Menos cálculo y más latido.

Menos imagen y más vida.

Y luego, si se muestra…que sea porque late.

No porque toca.

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