Hay un estado que no hace ruido.
No se anuncia. No se conquista.
No llega después de entenderlo todo.
La ataraxia no es felicidad, ni entusiasmo, ni euforia.
Es algo más discreto. Más hondo.
Es ese momento en el que ya no necesitas tener razón.
Ni explicarte.
Ni demostrar que has sanado.
No es ausencia de problemas.
Es ausencia de guerra interior.
La ataraxia aparece cuando dejas de pelear con lo que es.
Cuando el cuerpo ya no está en guardia.
Cuando el pensamiento se afloja un poco y deja de vigilar.
No se trata de que nada duela.
Se trata de que el dolor ya no te gobierna.
Hay días en los que la ataraxia se cuela sin pedir permiso:
en un café caliente,
en una tarde sin planes,
en un “no pasa nada” que esta vez es verdad.
No exige aislamiento ni huida del mundo.
Exige honestidad.
Aceptar que no todo se resuelve.
Que no todo se entiende.
Que no todo depende de ti.
Y aun así… descansar.
La ataraxia no es rendirse.
Es dejar de tensar.
Es mirar la vida sin urgencia.
Respirar sin miedo.
Habitarte sin ruido.
Quizá no sea un lugar donde quedarse siempre.
Pero cuando llega, aunque sea un rato,
nos recuerda algo esencial:
que la paz no siempre viene después de ordenar el mundo, sino después de dejar de exigirle tanto a la vida y a una misma.


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