Hay personas que viven en guerra con el clima.
Con el tráfico.
Con la política.
Con el precio de la fruta.
Con su pareja.
Con su pasado.
Y no se dan cuenta de que la batalla más larga la están librando por dentro.
La queja da una sensación extraña de alivio.
Como si al decir “esto está mal” descargáramos algo.
Y sí, descarga un poco.
Pero no resuelve.
Lo curioso es que la queja continuada no cambia la realidad…
pero sí cambia a quien la pronuncia.
La va estrechando.
La va endureciendo.
La va acostumbrando a mirar el mundo desde la carencia.
Hay una diferencia enorme entre expresar dolor y vivir instalado en la queja.
El dolor busca comprensión.
La queja busca culpables.
El dolor te conecta.
La queja te separa.
Y cuando la queja se vuelve hábito, el cuerpo lo nota.
Tensión en la mandíbula.
Respiración corta.
Esa sensación permanente de estar a la defensiva.
No digo que no haya injusticias. Las hay.
No digo que todo esté bien. No lo está.
Pero hay algo profundamente desgastante en repetir cada día lo que no funciona sin mover una sola pieza.
A veces la queja es una forma elegante de no responsabilizarnos.
De no decidir.
De no cambiar.
Y eso, poco a poco, enferma.
No siempre el cuerpo.
A veces la mirada.
La pregunta no es si tienes derecho a quejarte.
La pregunta es:
¿la queja te está acercando a la vida que quieres… o te está alejando de ella?


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