Describe una fase de la vida a la que te resultó difícil decir adiós.
Hubo una fase de mi vida en la que podía irme en cualquier momento.
Una mochila.
Un plan improvisado.
Un “nos vemos el lunes”.
No había agenda compartida, ni horarios escolares, ni responsabilidades que se quedaran mirando desde el pasillo.
Había ligereza.
Podía decidir el mismo jueves que el viernes no trabajaba.
Podía cambiar de ciudad sin hacer un Excel.
Podía desaparecer un fin de semana sin dar demasiadas explicaciones.
Y no era irresponsabilidad.
Era libertad sin demasiadas consecuencias.
Decir adiós a esa etapa fue difícil.
No porque lo que vino después fuera peor.
Sino porque fue distinto.
Más estable.
Más estructurado.
Más consciente.
Más profundo también.
Pero hubo un momento —lo recuerdo perfectamente— en el que entendí que ya no podía moverme igual.
Y me dio vértigo.
No tristeza.
Vértigo.
Soltar esa etapa fue aceptar que crecer implica elegir… y que elegir siempre deja algo fuera.
Hoy no volvería atrás.
Pero no voy a fingir que no fue difícil despedirme de esa ligereza.
Hay libertades que solo se viven una vez.
Y saber eso también es madurar.


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