¿Crees en el destino?
No creo que todo esté escrito.
Pero tampoco creo que todo dependa de mí.
Hay cosas que escapan completamente a nuestra intervención.
El lugar donde nacemos.
Determinadas pérdidas.
Un encuentro que cambia el rumbo.
Una noticia que nadie pidió.
Eso no lo decidimos.
¿Es destino?
Puede llamarse así.
Pero hay otra parte que sí nos pertenece.
No elegimos que algo ocurra.
Elegimos qué hacemos después.
No elegimos todas las circunstancias.
Elegimos la postura.
Y esa diferencia es enorme.
Porque es muy cómodo pensar que todo estaba previsto.
Así nadie es responsable de nada.
Y también es ingenuo pensar que todo depende de nuestro esfuerzo.
Porque no es cierto.
Creo que la vida es una mezcla incómoda de ambas cosas.
Hay puertas que aparecen sin buscarlas.
Y hay puertas que no se abren aunque las empujes.
Pero incluso frente a eso, siempre queda una elección mínima:
quedarte, moverte, resistir, aceptar, insistir o soltar.
No creo en un destino que me arrastra.
Creo en circunstancias que me desafían.
Y en la forma en que las atravieso.
Si eso es destino, entonces no es un guion cerrado.
Es un terreno con límites… dentro del cual me muevo.
Y eso no me quita libertad.
Me da perspectiva.
Quizá el destino no sea una línea recta.
Quizá sea el marco.
Unos límites que no elegimos…
y un espacio dentro del cual sí podemos decidir cómo caminar.
Hay cosas que nos suceden.
Y hay cosas que construimos.
Lo inteligente no es negarlo todo ni atribuirlo todo a fuerzas invisibles.
Es distinguir.
Aceptar lo que no depende de nosotros sin resentimiento.
Y asumir lo que sí depende sin excusas.
No necesito creer que todo está escrito para sentir sentido.
Me basta con saber que, dentro de lo que no controlo, siempre hay una parte que sí me pertenece.
Y esa parte es suficiente.


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