Los rosarios que viajaron conmigo

By

Hay objetos que viajan con nosotros más de lo que imaginábamos.

No porque los usemos todos los días.

Ni porque tengan un valor especial.

Simplemente permanecen.

En mi caso son tres rosarios que cuelgan de la lámpara de mi mesa.

No es un altar ni un ritual.

Pero cada vez que levanto la mirada, vuelvo a encontrarlos ahí.

Tres rosarios.

Uno vino de Jerusalén.

Me lo regaló hace más de veinte años una compañera de piso. Convivimos poco tiempo. No volvimos a vernos. No hubo una amistad profunda ni una historia que recordar.

Y sin embargo, el rosario sí se quedó.

Ha pasado conmigo cinco o seis mudanzas. Cajas, cambios de casa, nuevas etapas… y nunca se ha perdido. Siempre vuelve a aparecer y termina colgado en el mismo sitio.

Otro rosario llegó de Roma.

Ese era de mi abuela.

Mi madre me lo dio un día al sacar algunas cosas suyas. Venía en su cajita, con el algodón donde se guardaba. Sé que mi abuela viajó a Roma hace muchos años, cuando fue a conocer al papa de aquel momento.

Y de alguna manera, ese rosario también terminó aquí.

El azul vino de Lisboa.

Entre ellos hay también una cinta roja y amarilla de la Virgen del Pilar, bendecida.

Un día la até junto a los rosarios, casi sin pensarlo.

Lo curioso es que, sin haberlo buscado, en esa lámpara se han reunido muchos caminos: Jerusalén, Roma, Lisboa… y Zaragoza.

Lugares distintos.

Personas distintas.

Momentos diferentes de mi vida.

Pero todos terminaron en el mismo sitio.

La verdad es que yo no uso esos rosarios para rezar.

Los guardo.

A veces los toco.

A veces simplemente los miro.

Y me doy cuenta de algo.

Hay objetos que llegan a nuestra vida casi por casualidad.

Personas que pasan fugazmente.

Momentos que no parecen importantes.

Y sin embargo, algo de todo eso se queda.

Quizá no recordamos bien a la persona que nos dio un objeto.

Pero el objeto permanece.

Como si algunas cosas decidieran acompañarnos durante el camino.

No para hacer ruido.

No para recordarnos nada concreto.

Solo para estar.

Testigos silenciosos de las casas en las que vivimos, de las versiones de nosotros mismos que fuimos, de todo lo que cambió… y de lo que, de alguna manera, siguió intacto.

A veces también pienso en los lugares de donde vienen.

Jerusalén, donde tantas personas han buscado a Dios durante siglos.

Roma, con su historia antigua y el eco de tantas generaciones.

Lisboa, abierta al mar y a los viajes.

Y Zaragoza, donde la tradición dice que la Virgen del Pilar sigue velando por quienes pasan.

Lugares distintos.

Caminos distintos.

Y, sin embargo, todos terminaron reunidos en la misma lámpara de mi mesa.

A veces pienso que esos rosarios no están colgados en mi lámpara por casualidad.

Tal vez simplemente han viajado conmigo lo suficiente como para formar parte de mi historia.

Y ahora, sin darme cuenta, también sostienen un pequeño pedazo de mi luz.

Deja un comentario